La noche del 15 de enero de 1944, cuando la tierra en San Juan comenzó a moverse como una serpiente, Josefa Mestre Navarro —Pepita para todos— cumplía 8 años. Había nacido un 15 de enero también, en 1936, en Albardón, justo ahí en el epicentro del terremoto que la historia argentina recuerda como el más devastador y trágico de todos. Aquella coincidencia, que une cumpleaños y catástrofe, quedó grabada para siempre en su biografía y en su memoria.
Ese terremoto tuvo una magnitud estimada de alrededor de 7,5 grados, provocó la destrucción casi total de San Juan y causó la muerte de unas 10.000 personas, además de dejar a la mayoría de la población sin hogar. Hoy, 82 años después, Josefa celebra sus 90 años con una lucidez que asombra y con recuerdos que no se han movido de lugar, aun cuando todo a su alrededor se derrumbó aquella noche.
8 años, 8 hermanos y el lugar donde todo comenzó
Hija de valencianos y segunda de 8 hermanos, se había criado en una finca, libre y feliz. “Había pasado un día lindo, en familia, sin preocupaciones ni demasiadas estridencias por mi cumpleaños. Eran otras épocas”, dice hoy, en diálogo con LA NACION.
Aquella tarde, ella y un hermano menor tenían turno en el médico: ambos debían operarse de la garganta. El hospital quedaba a unos 15 kilómetros de su casa. Al llegar, supieron que el doctor había tenido un problema y que la cirugía se postergaba para el lunes siguiente, 17 de enero.
Doña Dolores Navarro, su mamá, estaba embarazada de siete meses. Alzó a su hijito, tomó de la mano a Pepita y comenzaron a caminar rumbo a la iglesia Santo Domingo, en plena ciudad. Allí estaba la parada de colectivos para regresar a Albardón. No había terminal en esa época. Fue exactamente en ese lugar donde todo comenzó.
“Todo se caía”
“Primero fue un ruido tremendo, devastador. Todo se caía, la tierra se movía y el polvo no dejaba ver nada. Las calles se partían, brotaba arena y agua muy caliente. El adobe estaba esparcido por todas partes, como si algo hubiese estallado. Todo se caía alrededor y lo único que mi madre atinó a hacer fue correr a lo que creyó que era la calle y abrazarnos. No sabía qué hacer. Llorábamos sin parar en medio de gritos desesperados de auxilio”, cuenta.
En medio de ese caos absoluto, dos muchachos jóvenes se acercaron y abrazaron a los tres. “Nos contuvieron un buen rato”, recuerda Josefa. Nunca supo cuánto tiempo pasó hasta que la tierra dejó de moverse. El movimiento había cesado, pero el desastre recién comenzaba.
Con las horas y los días llegaron las dimensiones del horror: una iglesia destruida en pleno casamiento, el cura y los novios inertes bajo los escombros junto con todos los invitados, entre tantas historias que dejó aquella noche. Afortunadamente, Josefa no perdió familiares. Pero lo que vio y escuchó no la abandonaría jamás.
Era de noche y el caos era total. Los mismos jóvenes que los habían auxiliado acompañaron a la familia durante cuadras hasta el Club Sirio Libanés. Desde allí, un conocido del abuelo de Josefa les ofreció quedarse para pasar la noche en carpas improvisadas.
Durante ese recorrido, Josefa aprendió lo que era el horror. “Caminaba entre los escombros mientras escuchaba gritos de auxilio. La gente, enterrada o herida, pedía por su mamá”, recuerda hoy. Algunos parrales seguían en pie y bajo esos restos, entre ruinas, se instalaron las carpas. Les dieron de comer. “Recuerdo que comí pan y me dormí tapada”.
A la mañana siguiente, el hombre que las albergó, después de caminar entre en las ruinas, logró avisar a su amigo, el abuelo de Josefa, que Dolores y los chicos estaban a salvo en el Club Sirio Libanés. Enseguida partió en un sulky y, como pudo, se abrió paso entre los escombros para rescatarlos.
“Al llegar a mi casa me di cuenta de que no existía más”
“Lo más impresionante fue llegar a mi casa y darme cuenta de que ya no estaba. Nada de lo que era adobe, como mi hogar, había sobrevivido”. Entonces Pedro, el padre de Josefa, improvisó unos ranchos de barro y caña para la familia y los peones. Los revocaron y armaron cocina, baño y dormitorios. La vida, de algún modo, debía continuar.
Lo peor había pasado, pero el miedo quedó. “Cada vez que se mueve el suelo necesito que alguien me abrace, que me sostenga. Me vuelvo loca del terror. Sé que tengo que tranquilizarme, eso siempre dicen siempre, pero no puedo”. Es un miedo que, admite, ni los años pudieron borrar.
Meses después, el Banco Hipotecario comenzó a ofrecer créditos blandos para los damnificados. Pedro y Dolores sacaron un préstamo y construyeron una casa pensada para resistir: hierro y cemento. Era su manera de volver a empezar.
Pedro Mestre y Dolores Navarro habían nacido en Valencia, España, pero llegaron en momentos distintos a la Argentina. Pedro se afincó primero en Pocito. Más tarde, cuando conoció a Lola y se casaron, se mudaron a Albardón para trabajar en una finca. Los ocho hijos caminaban todos los días ida y vuelta a la escuela 150 de Villa Chile. Josefa lo recuerda con una nitidez intacta.
Fuente La Nación

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